“... recordé que de pequeña, en mi habitación o en el rancho de la abuela, tumbada en el colchón
mirando la oscuridad,
oyendo la oscuridad
y los tallos de girasol, que junto conmigo murmuraban y sufrían en la oscuridad, me sorprendía con mi nombre, decía mi nombre
Merari...
y la Merari de ellos no existía para mí, recordé que en casa o en el rancho de la abuela, oyendo la oscuridad y el silencio de la oscuridad, poblado del sufrimiento de los girasoles, eran las únicas ocasiones en las que realmente dormía con la yo en yo, en las que dormía conmigo repitiendo
Merari... Merari... Merari...

mirando la oscuridad,
oyendo la oscuridad
y los tallos de girasol, que junto conmigo murmuraban y sufrían en la oscuridad, me sorprendía con mi nombre, decía mi nombre
Merari...
y yo era diferente de aquel nombre, no era aquel nombre, no podía ser aquel nombre, las personas al llamar
Merari...
Merari...
llamaban a una Merari que era yo en ellas, no era yo, ni era yo en yo, era otra, de la misma forma que sí les respondía, no era yo quien respondía, era la yo de ellos quien hablaba, la yo en yo se callaba en mí y por tanto sabían solo de la Merari de ellas, no sabían de mí y yo seguía siendo una extraña, una yo que eran dos, la de ellos y la mía, y la mía por ser mía no era, entonces decía como ellos decían
Merari...
Merari...
y la Merari de ellos no existía para mí, recordé que en casa o en el rancho de la abuela, oyendo la oscuridad y el silencio de la oscuridad, poblado del sufrimiento de los girasoles, eran las únicas ocasiones en las que realmente dormía con la yo en yo, en las que dormía conmigo repitiendoMerari... Merari... Merari...
hasta que la palabra Merari vaciada de sentido no significaba nada, salvo un sonido semejante al de las ramas de los sauces o a los suspiros sin preguntas de los ríos en un sueño, hasta que la palabra Merari se volvía una piel que se desprende, no el eco de un eco, sino un cuerpo sin vida fuera de la oscuridad de ellos, y entonces podía cerrar los ojos, partir de la oscuridad de ellos, de las preocupaciones de ellos, de los enojos de ellos, de la casa de ellos y del rancho de ellos y disolver mi yo en mí a medida que el reloj de la pared, cambiando de ritmo, intrigaba a los gatos de las azoteas,

yo en la casa a la entrada de la habitación...
(había parado de llover y las gotas iban y venían con la Navidad del mercado, no ya en largos trazos y sí rojas y fijas, ora rojas ora negras y fijas gotas de lluvia)”.
Etiquetas: recuerdos

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